El caminante consciente no busca llegar a ninguna meta,
sino habitar el trayecto.
A menudo las prisas nos roban el cuerpo. Corremos tanto que dejamos atrás nuestra propia respiración.
Pero aquà en la seguridad de tu práctica el tiempo se estira.
Permites a tu cuerpo moverse poco a poco, permitiendo que cada centÃmetro de piel, cada articulación, cada músculo cuente su historia.
Moverse despacio no es falta de energÃa, es exceso de presencia.
Al fluir sin prisas dejas de sobrevivir y empiezas a sentirte.
Simplemente recuerda, la vida no sucede solo en los grandes saltos, sino en el espacio sutil que hay entre un paso y el siguiente.